La Comisión Teológica Internacional ha publicado Quo vadis, humanitas?, un documento que reflexiona sobre el futuro de la humanidad en un contexto marcado por la aceleración tecnológica, la inteligencia artificial, la crisis ecológica y los cambios culturales de nuestro tiempo. El texto busca ofrecer una mirada cristiana sobre estos desafíos y situarlos en el horizonte de la dignidad humana, la vocación y la responsabilidad compartida. Ofrecemos el análisis del coordinador del Observatorio de Bioética y Ciencia de la Fundación Pablo VI, José Ramón Amor Pan.
No es un texto improvisado. Resultado oportuno. Y tiene una fundamentación muy seria y relevante. Se enmarca en la conmemoración del 60 aniversario de la Gaudium et spes del Concilio Vaticano II. Busca promover un humanismo integral y solidario (n. 7). Se orienta en positivo hacia una propuesta teológica y pastoral de la vida humana entendida como vocación (n. 18).
El subtítulo, pensar la antropología cristiana ante algunos escenarios futuros de la humanidad, refleja a las mil maravillas el sentido del texto: estamos implicados en una exploración nueva del misterio del ser humano en cuanto tal (n. 5). Y es que los desafíos de la biotecnología, de la robótica y de la inteligencia artificial, y también los que plantea el imaginario cultural dominante, ponen en cuestión la experiencia elemental que el ser humano tiene de sí mismo.
El primer capítulo está dedicado a la noción de “desarrollo” porque, señala la Comisión, en cualquier acepción en que se la considere, esta categoría implica una comprensión axiológica y antropológica a partir de la cual se puede juzgar si un ideal cualquiera conlleva progreso o retroceso. Late en su corazón la idea de desarrollo humano integral que ya expresara Pablo VI en Populorum progressio, santo y seña de toda la Doctrina Social de la Iglesia desde entonces.
El núm. 51 me parece especialmente esclarecedor: “El impacto de la transformación antropológica vinculada al desarrollo científico y tecnológico deja huellas sin duda en el imaginario social de la cultura de masas, pero alcanza su expresión más fuerte en los movimientos del transhumanismo y del posthumanismo. El estudio de los mitos elaborados por la cultura de masas respecto al futuro de la humanidad (ciencia ficción, distopías) y el análisis crítico de los principios fundacionales de los movimientos transhumanista y posthumanista desvelan el significado y el alcance de los cambios antropológicos en curso”.
El capítulo segundo (La vida como vocación: la persona humana como actor en la historia) abarca los números 63 a 105. Se parte de una idea clave en todas las antropologías del siglo XX: el ser humano es un sujeto histórico y cultural, capaz de transformar la naturaleza, de cultivar su humanidad y de dar un significado a la historia (n. 65). ¿Por qué resulta nuclear esta idea? Porque, como se dice en el documento, en la actualidad se advierte una pérdida del sentido de la historia y una reducción de la experiencia al instante fugaz, con una concentración ambigua en el hoy (n. 68). Me parece muy valiente la afirmación del núm. 71: “Muchas de estas situaciones son fruto de una economía globalizada que favorece un único modelo cultural masificado, en el que los poderes fuertes se consolidan y protegen sus propios intereses a expensas de las culturas más débiles”.
En este capítulo se reflexiona también sobre el espacio (no el sideral sino el que habitamos en esta tierra), de cómo la transformación de la movilidad repercute en la experiencia humana de ese espacio y cómo la mera organización global del espacio no nos vuelve más hospitalarios y abiertos a los otros.
Vienen a continuación unos números dedicados a las relaciones y sentido de pertenencia, a la intersubjetividad. De ahí destaco, sobre todo, la siguiente afirmación: “La familia, al ser comunidad originaria, encuentra en el niño –propiamente en el hecho de que se recibe y llega a la conciencia de sí mismo a través del don sonriente de los padres– una realización particularmente significativa de la existencia humana que ningún transhumanismo o posthumanismo puede olvidar” (n. 87). Se recupera la noción de pueblo, en su doble significado secular y religioso. También el valor de la tierra, entendida como el lugar simbólico de una cultura y de una identidad de pueblo.
Frente a un modelo de la persona sin vocación, el documento considera que esta existencia personal, que se sitúa en una historia, en un tiempo y en un espacio concretos, que se despierta a la conciencia de sí misma en el seno de unas relaciones que manifiestan la pertenencia que la precede y la fundamenta, encuentra su significado pleno y radical en una interpretación de la vida como vocación.

Efectivamente, “la existencia de cada ser humano se comprende bien cuando se reconoce que es fruto del amor creador del Padre, según el dinamismo de una llamada a la vida y a la felicidad. Todo ser humano viene a la vida porque ha sido pensado y querido por Dios, que lo amó incluso antes de formarlo en el seno materno (cf. Jer 1, 5; Is 49, 1.5; Gal 1, 15). Esta vocación divina explica en su raíz el misterio de la vida del ser humano, como misterio de predilección y de gratuidad absoluta. Por ello, el ser humano, aunque sea finito, no queda aprisionado en la mera dimensión creatural y ninguna definición puede capturarlo ni agotarlo por completo. El amor eterno del Padre excluye que la existencia de las personas sea fruto de la necesidad o del azar: cada existencia humana tiene un valor infinito en sí misma. Se entiende desde esta perspectiva que el ser humano no pueda ser sometido a ninguna medida exclusivamente de orden político, económico o social que disminuya su dignidad infinita” (n. 100).
El tercer capítulo lleva por título “el don de la vida y de la comunión ante diferentes escenarios sobre el futuro de lo humano” (nn. 106-127). Es la parte del documento que me ha resultado menos interesante, a pesar de ser, en mi opinión, la que podría haber sido la aportación más valiosa del texto. Me llama la atención, positivamente, la reflexión que se hace sobre la discapacidad en el núm. 118. Destaco también la advertencia del núm. 126: “Conviene evitar los excesos de ciertas sociedades avanzadas, sobre todo en Occidente, que tienden a considerar a algunos animales, especialmente los domésticos, casi como personas. Es necesario evitar las tentaciones recíprocas de humanizar a los animales y de reducir a los seres humanos a animales”.
Llegamos así al último capítulo: “La humanidad afirmada, salvada y elevada” (nn. 128 a 158). Su intención aparece claramente expresada en el primer número del capítulo: “No se trata de acelerar el desarrollo hacia nuevas formas de vida, sino de sostener el camino de los pueblos y de las personas, ofreciendo una finalidad y un sentido que permitan a todos y a cada uno realizar la propia vocación, plasmando la identidad de hijas e hijos de Dios en una fraternidad universal. Los sueños del transhumanismo y del posthumanismo presumen de simplificar las tensiones que atraviesan la experiencia humana. Pero esos proyectos, bien mirado, aparecen como deshumanizadores”.
Y es que la condición humana aparece marcada por tensiones o polaridades irreductibles, que no se deben interpretar mediante una lógica dualista y que se deben asumir a la luz de ese carácter prometedor que brota del don. La Comisión subraya que la persona humana no puede explicarse solo como resultado de la evolución de la materia. Es en ese contexto en el que se recoge la famosa frase de san Agustín: Nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti (n. 138).
El documento se detiene brevemente en la experiencia humana del drama del pecado y de la gracia (nn. 139-147). Es un resumen apretado y, como tal, denso. Cabe preguntarse si, dada la naturaleza del documento, era necesario incluirlo.
Echando mano de la Gaudium et spes, en el último apartado de este capítulo se desarrolla una idea básica de la antropología cristiana: el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Reconoce, por tanto, los rasgos cumplidos de lo humano a la luz de la humanidad de Jesús de Nazaret. “No vamos más allá de Jesucristo, sino que buscamos alcanzarlo, entrando cada vez más profundamente en su misterio pascual”, leemos en el n. 150.

Me parece importante recoger en su totalidad el párrafo con el que finaliza este apartado: “La reflexión teológica sobre la experiencia humana y sobre el proceso de maduración de la identidad que hemos descrito se fundamenta en la economía sacramental de la salvación. Para (re)elaborar y proponer una cultura plenamente humana, capaz de mirar al futuro y de enfrentarse también con los desafíos y los malentendidos fundamentales que se expresan en el transhumanismo y el posthumanismo, esta reflexión teológica debe ir acompañada de la aportación de otras ciencias y de las artes. Por eso, es oportuno invitar a las personas e instituciones involucradas en los ámbitos económico-social, académico, artístico, cultural y político a colaborar con este fin. El objetivo es desarrollar nuevas modalidades de pensamiento y acción, de forma interdisciplinar y transdisciplinar, a partir de los intercambios que ya están en marcha. De este modo, la antropología teológica podrá traducirse en experiencias vividas y concretas, tanto a nivel personal como social, especialmente en el campo educativo y cultural. Hoy más que nunca, ante los desafíos de una humanidad que mira al futuro con esperanza e incertidumbre, hace falta el diálogo y la cooperación interdisciplinar y transdisciplinar. Esta debe saber traducir la riqueza inagotable de la experiencia humana según el designio bueno de Dios Padre” (n. 158).
El apartado de cierre del documento, con el título “el don de la divinización como humanización verdadera”, me parece redundante, no aporta nada y, en mi opinión, no cumple con lo que debiera ser una conclusión. Es más, tanto el n. 163 (la Madre plenamente humana) como el 164 (el desafío de los pobres), los dos últimos números del texto, me parecen metidos con calzador.
En cualquier caso, fuera de esas debilidades que he señalado, de lo dicho hasta ahora se deduce claramente que se trata de un aporte significativo al actual debate social, cultural y político sobre la gobernanza que debemos ejercer ante este cambio de época que estamos viviendo.
No debiéramos ser indiferentes ante unas cuestiones que no son -en absoluto- abstractas, ni dejar estos asuntos en manos de quienes puedan tener poderosos intereses económicos. En este sentido, debemos felicitar a la Santa Sede, la cual, a través de diversos organismos, incluida la voz autorizada de los Papas, ha entrado de lleno en este debate desde hace ya unos años. Me consta, además, que es una aportación que se escucha con atención y se acoge muy positivamente.
José Ramón Amor Pan
Coordinador del Observatorio
