“Yo simplemente quiero irme en paz y dejar de sufrir”: ayer, a las seis de la tarde, la joven de 25 años Noelia Castillo veía cumplido su deseo.
Esta terrible historia ha demostrado que quienes utilizábamos el argumento de la pendiente resbaladiza para oponernos a la legalización de la eutanasia no estábamos equivocados. La eutanasia empieza presentándose como algo excepcional y muy limitado, para luego normalizarlo y, poco a poco, ir ampliando los supuestos a los que se puede aplicar. Se vio en Países Bajos y se ve ahora en nuestro país: hoy termina aplicándose a personas jóvenes con problemas de salud mental y, en no pocos casos, claramente desatendidas.
El caso de Noelia se remonta a 2024, cuando la joven, con paraplejia tras un intento de suicidio, diagnosticada con trastorno límite de la personalidad y trastorno obsesivo compulsivo, solicitó la muerte asistida, que fue avalada por la Comisión de Garantía y Evaluación de la Generalitat de Cataluña (hay una en cada comunidad autónoma, así como en las ciudades de Ceuta y Melilla). Su aplicación estaba prevista para el 2 de agosto de ese año, pero sucesivos procesos judiciales incoados por su padre (juzgado de Barcelona, Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, Tribunal Supremo, Tribunal Constitucional, Tribunal Europeo de Derechos Humanos) lograron retrasarla hasta ayer.
Con 13 años, tras el divorcio de sus padres, Noelia pasó a ser tutelada por la Generalitat de Cataluña y a vivir en un centro de menores hasta los 18 años. Con 21 años fue víctima de una agresión sexual múltiple, tras lo cual intentó suicidarse tirándose desde un quinto piso.
“Siempre me he sentido sola porque nunca me he sentido comprendida y nunca han empatizado conmigo. Siempre he tenido problemas de convivencia. Antes de pedir la eutanasia yo veía mi mundo y mi final muy oscuro. No tenía ni objetivos, ni nada. Sí me gustaba mucho maquillarme, hacer la manicura… me gustan muchas cosas, pero no tenía ni metas y sigo sin tener. Lo veo todo muy oscuro. No tengo ganas de nada. Ni de salir, ni de comer, ni de hacer nada. El dormir se me hace muy difícil. Además, tengo dolor de espalda y de piernas. Por fin lo he conseguido y a ver si puedo descansar porque no puedo más con esta familia, con los dolores y con todo lo que me atormenta en la cabeza de lo que he vivido”, contó unos días antes en una entrevista televisiva en el programa Y ahora Sonsoles de Antena 3.
Es en estas declaraciones en las que yo sustento el título de esta columna de opinión: creo, sinceramente, que no le hemos proporcionado el soporte que Noelia necesitaba, ni su familia ni el conjunto de la sociedad, y, por ello, hablo de fracaso colectivo. Y recuerdo unas palabras de Victoria Camps: “Debemos avanzar hacia una sociedad cuidadora. Una sociedad donde los más desvalidos no se sientan abandonados, una sociedad menos arrogante, en la que sus miembros, sin excepciones ni dispensas de ningún tipo, estén dispuestos a hacerse cargo de la contingencia humana en todas sus manifestaciones” (Tiempo de cuidados, pág. 52). Claramente, por sus declaraciones, Noelia se ha sentido muy abandonada.
“Digámoslo, hemos crecido en muchos aspectos, aunque somos analfabetos en acompañar, cuidar y sostener a los más frágiles y débiles de nuestras sociedades desarrolladas”, escribió el Papa Francisco en el número 64 de su encíclica Fratelli tutti (Roma 2020). Lo sucedido, insisto, no es un triunfo de la libertad sino el fracaso de una sociedad que no sabe acompañar el sufrimiento. El caso de Noelia, en mi opinión, no es para celebrarse como un progreso social y moral sino para llorar como un estrepitoso fracaso colectivo. En la entrevista mencionada, dijo algo que a mí me heló la sangre: “No me gusta nada por qué camino va la sociedad, el mundo, yo prefiero desaparecer. Va cada vez a peor”.
El preceptivo informe médico-forense avaló que sus padecimientos son graves, crónicos, constantes e imposibilitantes, además de no existir posibilidad de mejora, requisitos que la ley prevé para que la eutanasia pueda aplicarse. Me parece mucho decir que “no existe posibilidad de mejora”. ¿Conocen dichos forenses la estimulación magnética transcraneal repetitiva, los buenos resultados que está dando y, sobre todo, la evidencia científica que permite soñar con éxitos mayores en el corto plazo? ¿Se le aplicó o por lo menos se le ofreció a Noelia este recurso terapéutico?
Recordemos que se trata de un procedimiento no invasivo que utiliza pulsos magnéticos para modular la actividad neuronal en áreas específicas del cerebro. Es indoloro y seguro (pocos efectos secundarios, y los que ocurren suelen ser leves y transitorios). Está indicado en los casos de depresión que no responden a otros tratamientos (antidepresivos, psicoterapia), en el trastorno obsesivo-compulsivo, en el trastorno de estrés postraumático y también para reducir el dolor crónico (como el dolor neuropático y la fibromialgia).
Apuntes finales
¿Se puede estar por la prevención del suicidio y, a la vez, por la promoción de la eutanasia? Recordemos que la urgencia de actuar para prevenir los suicidios ha sido reconocida y priorizada al más alto nivel, como subraya la Organización Mundial de la Salud. Así, la reducción de la tasa de suicidios es un indicador de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas (el único relativo a la salud mental), el Programa General de Trabajo de la OMS y el Plan de Acción Integral sobre Salud Mental 2013-2030 de la OMS.
En 2014 la OMS publicó su primer informe mundial sobre esta cuestión, titulado, precisamente, Prevención del suicidio: un imperativo global. El objetivo declarado era el de aumentar la sensibilización respecto de la relevancia del suicidio y los intentos de suicidio como problemas de salud pública, así como la necesidad de priorizar al máximo su prevención en los programas mundiales de salud pública. Además, con este informe se procuró alentar y ayudar a los países a elaborar o reforzar estrategias integrales de prevención del suicidio en el marco de un enfoque multisectorial de la salud pública. A través de la iniciativa Vivir la vida se anima y apoya a los gobiernos para que apliquen un conjunto de intervenciones basadas en la evidencia que son fundamentales para prevenir el suicidio.
Una penúltima reflexión tiene que ver con lo que escribió Santiago Abascal (presidente de Vox) en sus redes sociales: “Estoy muy afectado por esta noticia. El Estado le quita una hija a sus padres. Los Menas la violan. Y la solución que le da el Estado es suicidarla. La España de Sánchez es una película de terror”. Salvo la primera afirmación, el resto no es de recibo ni resulta un lenguaje éticamente aceptable. Mucho menos la segunda de las frases, “El Estado le quita una hija a sus padres”, pues estamos, por un lado, ante una decisión autónoma de Noelia y, por otro lado, como resulta público y notorio, estamos ante unos padres que no han sabido o no han podido construir una buena relación con su hija. Los políticos harían bien en no tensionar lo que ya es una realidad súper compleja y trágica en sí misma.

Por último, me parece todo un signo de los tiempos que esta muerte haya tenido lugar en el Hospital Residència Sant Camil de San Pere de Ribes (Barcelona), el hospital público de referencia de la comarca del Garraf. ¿Por qué digo esto? Porque es un centro que ofrece asistencia sanitaria y sociosanitaria desde el año 1975, fundado por los religiosos Camilos, que siguen conservando la propiedad y la atención espiritual del mismo, aunque la gestión en la actualidad es totalmente pública.
El pasado 18 de octubre se celebraron sus 50 años de existencia. La jornada, organizada por los Religiosos Camilos junto con el propio hospital, tuvo como momento central la Eucaristía presidida por Mons. Xabier Gómez, obispo de Sant Feliu, en acción de gracias por medio siglo de historia dedicada al cuidado y la humanización de la salud.
“Somos herederos del bien que han hecho otros —afirmó el superior provincial—, de tantas manos y corazones que han construido este lugar como un verdadero templo del cuidado”. El provincial destacó que en Sant Camil “cada gesto de cuidado es una liturgia del servicio, una expresión del Reino de Dios”, subrayando que el hospital es “un lugar sagrado donde se celebra cada día la vida, el alivio y la ternura”.
Entiéndaseme bien, no estoy formulando una crítica a una orden religiosa que admiro profundamente. Pero me parece paradójico que lo que fue concebido como un lugar para ofrecer un servicio integral a los enfermos, para cuidar a la persona en la globalidad de su ser y para enseñar a cuidar de esta manera, haya sido el lugar en el que se ha aplicado la eutanasia a Noelia.
José Ramón Amor Pan,
coordinador del Observatorio de Bioética y Ciencia de la Fundación Pablo VI
