El pasado 15 de mayo de 2026, el Papa León XIV firmó la encíclica Magnifica Humanitas, que presentó personalmente el día 25 siguiente. No es casualidad que la firma de este documento coincida con el 135º aniversario de Rerum Novarum, de León XIII, y que tiene la consideración de ser la carta fundacional de la Doctrina Social de la Iglesia en la que se trataba de las cosas nuevas y de las realidades sociales que se estaban produciendo en el mundo ante la revolución industrial.
El día que fue nombrado Robert Prevost quiso llevar el nombre de León XIV, en recuerdo de su homónimo anterior, a la luz de la revolución tecnológica de la que todos estamos siendo testigos para advertir de las “res novae” de nuestro tiempo: hoy -dice en la introducción de su flamante encíclica- nos encontramos ante una situación nueva, en la que el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo.
La encíclica Magnifica Humanitas coloca a la Doctrina Social en el centro de la misión pastoral de la Iglesia, con una elocuente expresión: la llamada y el compromiso de caminar con la humanidad en lo concreto de la historia llevan a la Iglesia a reconocer que las realidades terrenas poseen una consistencia y un orden propio. Es, en este punto, la primera encíclica que sistematiza de forma expresa “los fundamentos y principios de la Doctrina Social de la Iglesia”, proclamando que ésta se nutre de la contribución de las ciencias, las culturas y las experiencias humanas. Y, por eso, concluye que si la política no responde a los dramas de la humanidad o la economía se vuelve contra la persona o la ciencia traspasa los límites de su método, la Iglesia “debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir a la comunión. Entendida así, la Doctrina Social se convierte en una teología de la comunión en la historia” (Magnifica Humanitas, 27). Por eso insiste en la idea del discernimiento comunitario que nace del encuentro entre la verdad del Evangelio y las preguntas de la historia y que se deja interpelar por los signos de los tiempos: “la Iglesia no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad porque la verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir” (Magnifica Humanitas, 25).
Con esta primera encíclica, León XIV ha querido subrayar que las innovaciones tecnológicas -especialmente la Inteligencia artificial a la que dedica los números 97 a 111-, económicas, sociales y culturales que destaca en el capítulo tercero, así como de la transformación del trabajo que el nuevo mundo y su revolución tecnológica habrá de abordar y que trata magistralmente en el capítulo IV, merecen una respuesta de la civilización: “¿Qué estamos construyendo?”, se pregunta el pontífice en su documento en más de una ocasión. Y el mismo se responde rescatando una expresión de Pablo VI, debemos construir la “civilización del amor”. Ello exige, en primer lugar, dice Magnifica Humanitas, ser conscientes de que todos podemos dar nuestro aporte y que nadie está exento de responsabilidad, empezando por prestar atención a nuestras palabras; construir la paz en la justicia y asumir la mirada de las víctimas; cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo, instrumento, por otro lado, insustituible de la diplomacia para prevenir conflictos y restablecer los lazos de confianza. Y concluye señalando que todas estas vías de compromiso se nutren de la oración y la alimentan.
En conclusión, el Papa León XIV nos pone sobre la mesa un documento en el que reedita la Doctrina Social de la Iglesia y nos advierte de la necesidad de que el avance tecnológico no se constituya como un elemento deshumanizador, ni se transforme en un modo de servidumbre para los seres humanos, sino que se configure al servicio de la dignidad humana y del bien común.
Jesús Avezuela,
director general de la Fundación Pablo VI
