La expresión “Urbi et Orbi” hunde sus raíces en la tradición más antigua de la Iglesia. Por un lado, se dirige a la ciudad de Roma, sede del sucesor de Pedro; por otro, se extiende al mundo entero, recordando la vocación universal de la Iglesia Católica. Cuando el Papa pronuncia esta bendición, no lo hace solo como obispo de una ciudad, sino como Pastor de toda la Iglesia, dirigiéndose a millones de fieles en todos los continentes. Este carácter universal convierte la bendición en uno de los actos más significativos del pontificado.
En su primera bendición “a la ciudad y al mundo” en la Pascua de Resurrección, León XIV ha lanzado, sin hacer una referencia directa a un conflicto en concreto, un rotundo mensaje por la paz y contra la lógica de una guerra a la que nos hemos acostumbrado y ante la que nos hemos vuelto indiferentes. “Indiferentes a la muerte de miles de personas. Indiferentes a las consecuencias de odio y división que siembran los conflictos. Indiferentes a las repercusiones económicas y sociales que producen, y que todos sufrimos”.
Después de presidir la Misa en la Plaza de San Pedro ante más de 50 mil fieles (otros 10 mil esperaban fuera del hemiciclo de Bernini), el Papa reclamaba una “conversión” a la paz. No solo de acciones, no solo de acuerdos o palabras, sino una paz que nace del encuentro con el otro y que es casi una forma de vida. Una paz que, como la Resurrección es una victoria de la vida sobre la muerte. “La paz que Jesús nos entrega no es aquella que se limita a silenciar las armas, sino la que toca y transforma el corazón de cada uno de nosotros. No busca el interés particular, sino el bien común; no pretende imponer su propio plan, sino contribuir a diseñarlo y a ponerlo en práctica junto con los demás (…) ¡Convirtámonos a esa paz de Cristo! ¡Hagamos oír el grito de paz que brota del corazón! Dejemos a un lado toda voluntad de disputa, de dominio y de poder, e imploremos al Señor que conceda su paz al mundo asolado por las guerras y marcado por el odio y la indiferencia, que nos hacen sentir impotentes ante el mal”, decía en su mensaje, clamando para que "quienes tienen armas en sus manos las abandonen, quienes tienen el poder de desatar guerras, elijan la paz. No una paz impuesta por la fuerza, sino mediante el diálogo. No con la voluntad de dominar al otro, sino de encontrarlo”.
Este mensaje fue acompañado de la convocatoria a una vigilia extraordinaria de Oración por la paz para el próximo sábado, 11 de abril.
