El ex ministro de Argentina y miembro de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales del Vaticano, Gustavo Béliz, analiza las oportunidades y los límites de la IA en este Atlas que muestra la situación de desarrollo, implementación y regulación en el continente; y habla del papel activo de León XIV en el desarrollo de toda una reflexión sobre el paradigma tecnológico: “el magisterio de la Iglesia es, a la vez, raíz y faro para iluminar muchas de estas discusiones”. En su Atlas reclama de un “fondo soberano, asociado a la inteligencia artificial” para que América Latina deje de ser un mero portador de recursos y tenga un papel protagonista del nuevo paradigma tecnológico.
En los primeros compases de su pontificado, León XIV ya dio muestra de cuáles eran algunos de los aspectos en los que iba a poner el foco de una manera muy especial, definitorios de un cambio de época: la revolución digital y el desarrollo de la inteligencia artificial y como ésta está suponiendo un absoluto desafío, que no es tecnológico, sino antropológico.
A través de discursos y mensajes, el Papa León XIV ha ido definiendo una línea magisterial referida a esta tecnología y sus aplicaciones: sobre el control o la sustitución de las personas; sobre la manipulación digital, la desinformación, la educación, la salud mental, los riesgos de los algoritmos, la concentración del poder tecnológico y la necesidad urgente de una alfabetización ética y crítica frente a la IA.
Tal es así que, en los próximos días, verá la luz su primera Encíclica Magnifica humanitas, dedicada, todo apunta, a analizar algunas de las amenazas actuales, como son la inteligencia artificial, la paz o la crisis del derecho internacional. Un texto que, igual que la Rerum Novarum en el siglo XIX hablaba de los problemas del mundo obrero y de la revolución industrial, abordará el impacto de una tecnología que afecta al trabajo, a la comunicación, a las relaciones sociales y humanas y a la propia dignidad del ser humano; y que puede servir de inspiración para muchas entidades políticas, económicas, empresariales y tecnológicas que buscan en la figura del Papa orientaciones de tipo ético y moral. Así lo explica Gustavo Béliz, ex ministro de Argentina y miembro de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales del Vaticano, que ha participado muy activamente en numerosas discusiones con expertos de todo el mundo no solo sobre los riesgos, sino también sobre las oportunidades de la inteligencia artificial. En una de las últimas, en el mes de noviembre en el Vaticano, se habló de la necesidad de una ética para la creación y el diseño, antes de tener que ir a paliar los problemas que los usos de esa tecnología generan. “No está mal que haya jueces o normativas que los sancionan, pero el problema está en el origen. Por eso yo hablo mucho de la necesidad de un juramento hipocrático de los ingenieros y de los programadores, que, en definitiva, son los que después le pueden o no dar autonomía a los propios modelos que luego actúen sin intervención del ser humano”.
Es fundamental un juramento hipocrático para los ingenieros y los programadores para regular éticamente desde el origen, antes de que las consecuencias se produzcan
Su Atlas de Inteligencia Artificial para el desarrollo humano de América Latina y El Caribe, recoge algunas de las ideas de ese espacio de reflexión: “la necesidad de crear un marco regulatorio global vinculado a la IA, del establecimiento de reglas de juego claras y de un enfoque multidisciplinar que incluya un pacto social para la regulación”. El documento, explica, “es un recorrido y una carta de navegación sobre cinco continentes que tienen que ver con aspectos esenciales de la inteligencia artificial, involucrando la gobernanza el bien y la vida, la educación, la salud, los costes ambientales, los aspectos democráticos y, además, la infraestructura de producción de la inteligencia artificial, que baja hasta las entrañas de la tierra, los cables submarinos, los minerales raros y que condicionan la agenda geopolítica”.
En el ámbito regulatorio, se observa en América Latina una “jungla que se manifiesta en la falta de un tratado global obligatorio con sanciones, que es lo que reclamaba el Papa Francisco”. Recoge también distintas iniciativas variadas que tienen que ver con las denuncias del extractivismo de datos o de minerales en el ámbito de las economías primarias. Y, por parte de la sociedad, hay todo un fenómeno que Béliz define como “rebelión de las masas”, y que está generado por la preocupación de padres, estudiantes y de jóvenes sobre las consecuencias de adicción y de salud mental que tienen las redes sociales.
Todo ello, dice, es una oportunidad para hacer normativas inteligentes y que sean aplicables “para que no sea peor el remedio que la enfermedad”. Pero, en su opinión, falta una mirada industrial-digital estratégica que piense en una ética y una regulación para el origen, es decir en la creación y el desarrollo de los modelos de programación hechos, en muchos casos, para la adicción.

Falta una mirada industrial-digital estratégica que piense en una ética y una regulación para el origen, es decir en la creación y el desarrollo de los modelos de programación hechos, en muchos casos, para la adicción
El documento, muy gráfico e ilustrativo, está estructurado en cinco capítulos, que muestran los principales debates sobre la gobernanza de la IA: en el capítulo 1 se habla de las regulaciones internacionales, riesgos existenciales y las estrategias y políticas regionales de IA; en el capítulo 2 se traza los principales ejes sobre el rol de la infraestructura, la producción y el trabajo en la IA, con el aumento de la sustitución del trabajo y la robotización; el capítulo 3 rastrea las principales aportaciones que la IA puede hacer en la salud y la educación: su impacto en los principales campos de la medicina, la salud mental y la biología; y los principales debates y usos de la IA para estudiantes, docentes y sistemas educativos; un cuarto capítulo aborda la doble cara de la relación entre la IA y el ambiente, tanto en las posibilidades que abre para su cuidado (cambio climático, ciudades inteligentes, calidad del aire, biodiversidad, agricultura, sistemas hídricos, energías limpias); como el impacto negativo que genera (consumo energético e hídrico de los centros de datos, industria publicitaria y cookies, el rol de las Big Tech y el “green washing”). Y en el capítulo 5 navega por los riesgos, los avances y los distintos impactos que está teniendo la IA sobre las democracias, la participación ciudadana, la polarización y los discursos de odio, género y diversidades y usos en la política y la administración pública.
Un dato llamativo de este documento es la alta dependencia de América Latina de la infraestructura extranjera, tanto de Estados Unidos como de China, que usa algunos países como fuente extractiva. Brasil, por ejemplo, es el tercer principal poseedor de tierras raras del mundo, la materia prima principal para el desarrollo de la tecnología, lo que le sitúa en el foco de este extractivismo. Por eso, cree fundamental la creación de un “fondo soberano, asociado a la inteligencia artificial” para que América Latina deje de ser un mero portador de recursos y tenga un papel protagonista del nuevo paradigma tecnológico. Para ello, el exministro argentino ve en España un gran aliado en el desarrollo de los algoritmos verdes, no solo por la coincidencia idiomática, sino por unas características climáticas similares: viento, sol, y un modelo de producción energética que no tenga solo base petrolera. Todo ello, con la inspiración de la regulación europea, que “tiene que mucho que aportar en materia axiológica y valorativa a América Latina”.
“Europa tiene mucho que aportar en materia axiológica y valorativa a América Latina”
Para una mayor gobernanza de la tecnología y la inteligencia artificial, el colaborador de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales propone, y así lo recoge en el Atlas, un diálogo cuatripartito, con participación de los estados, las empresas y corporaciones, los propios trabajadores y el mundo de la universidad y la academia. En Silicon Valley, dice, se ha entendido desde hace tiempo la importancia de una reflexión conjunta con las humanidades y con la teología. Sea por un interés utilitarista, en algunos casos, o más sincero, en otros, la realidad es que la Iglesia y las religiones se están convirtiendo, a la vez, en raíz y faro: “raíz porque tiene un sustento profundo, que parte del propio mensaje evangélico; y faro porque puede iluminar muchas discusiones”.
¿Significa todo esto que haya que temer a la inteligencia artificial? El Atlas de la Inteligencia Artificial dice que no. Y también así lo dice el Vaticano: alertar sobre la tecnología no significa hablar solo de sus riesgos, también de sus muchas posibilidades para mejorar a la humanidad. Esa es, en su opinión, el centro de la reflexión para el futuro: no lo que pueda hacer la inteligencia artificial, sino lo que deba hacer poniendo en el centro siempre a la persona.
