La primera sesión del ciclo que la Fundación Pablo VI ha inaugurado este 13 de enero en el marco del Centro de Pensamiento Pablo VI, dedicado a la figura San John Henry Newman, ha mostrado que el pensamiento de este doctor de la Iglesia sigue siendo una luz para el mundo contemporáneo. Aunque no fue un economista, su pensamiento antropológico tiene profundas implicaciones para la economía, tal y como explicó durante la presentación el claretiano Carlos Martínez Oliveras, coordinador de publicaciones de la Conferencia Episcopal Española: “frente una visión reduccionista del ser humano como productor o consumidor, Newman afirma la dignidad irreductible de la persona. Frente a una economía que descarta los frágiles, nos recuerda que toda organización económica debe estar al servicio del florecimiento humano integral. En un tiempo donde los economistas debaten sobre crecimiento, productividad y tecnología, Newman nos recuerda que la economía debe servir a la persona, y que el verdadero progreso no está únicamente en cifras macroeconómicas, sino en el florecimiento humano integral, salud, educación, justicia y dignidad para todos”.
Carlos Martínez Oliveras, coordinador de publicaciones de la BAC
Sobre este pensamiento newmaniano, se articuló el diálogo entre Carlos Rodríguez Braun, catedrático de Economía de la Universidad Complutense de Madrid, divulgador y escritor; y Luis Ayala Cañón, catedrático de Economía de la UNED y miembro del Comité Técnico de FOESSA, bajo el título Liberalismo económico y justicia social. Los dos, desde visiones diferentes de la economía y aparentemente confrontadas, pusieron el acento en el “y” que une los dos términos, como les instó el moderador del diálogo, el también profesor José Luis Fernández, director de la Cátedra Iberdrola de Ética Económica y Empresarial de la Universidad Pontificia Comillas, para abundar más en la complementariedad de los términos que en la tensión dialéctica.
Desde un plano no solo económico, sino también filosófico y sociológico, los dos economistas hablaron sobre el significado de conceptos como igualdad, justicia o libertad. Para Rodríguez Braun, el propio término en sí mismo ─justicia social─ ha sido, de alguna manera, contaminado por una forma política que la entiende como una “incursión contra los derechos y las libertades de las mujeres y los hombres”, como una forma de redistribución de la propiedad o como una usurpación. En su Argentina natal, como recordó el profesor, el peronismo se llamó a sí mismo justicialismo, para justificar, desde una “pasión antiliberal”, la usurpación de la propiedad de los ciudadanos en aras de la “justa redistribución”. Eso, que, dijo, “ha contagiado a todo el socialismo”, es el motivo por el que desde hace mucho tiempo el liberalismo recela de la justicia social. Por eso, prefiere plantear el término de justicia social como la “remoción de los obstáculos y estorbos para poder salir adelante en la vida, sin exclusiones y en igualdad ante la ley”.
Para Luis Ayala, sin embargo, esa justicia social y esa libertad no pueden solamente medirse en términos económicos, sino también sociológicos o filosóficos. El punto de partida, es decir, una desigualdad que se transmite intergeneracionalmente, es absolutamente condicionante del futuro vital de muchas personas en todos los planos posibles: condiciona su acceso a oportunidades, su participación democrática y su dignidad. Por eso, el profesor Ayala, miembro del Comité Técnico de FOESSA, considera que esa justicia social no está entendida en los mismos términos, sino que debe contemplar el desarrollo de políticas igualitarias que corrijan las injusticias que proceden no solo de los mercados, sino también de la propia configuración de la sociedad. Y es ahí donde hay que apelar a una “responsabilidad colectiva” en la que también intervenga el Estado.
Carlos Rodríguez Braun, economista, divulgador y escritor
Una intervención con la que Carlos Rodríguez Braun discrepa, puesto que en aras de la igualdad de oportunidades acaba desarrollando políticas que van orientadas a la búsqueda de la igualdad de resultados. ¿Tiene sentido hablar de sociedades justas o injustas? ¿Quién lo establece?, se preguntó. Porque si es el Estado quien define la justicia se puede caer en la moralización de la política, que, como explicó, es aquello a lo que se refería Newman cuando rechazaba el liberalismo. “El término liberalismo para él no es el mismo que entendemos ahora, sino un liberalismo que sometía la Iglesia al poder civil, y que concebía todo, la educación o la moralidad desde el control estatal”. Para el profesor Braun, miembro del Real Colegio Libre de Eméritos de España y correspondiente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas de Argentina, uno de los peligros actuales es la absoluta “moralización de la política” que usa una retórica y una terminología basada en la solidaridad, la ayuda y la empatía para referirse, por ejemplo, a cuestiones recaudatorias. De este modo, ironizó, se “acaba convirtiendo la Agencia Tributaria casi en la Madre Teresa de Calcuta” o la acción de recaudar impuestos “en la parábola del Buen Samaritano”. Recurrir a la moralidad para una medida recaudatoria que es coercitiva, priva, en su opinión, a toda parábola de su contenido moral.
Luis Ayala, economista, miembro del Comité Científico de FOESSA
La visión de Ayala sobre los impuestos tiene otro cariz. Son el precio que hay que pagar por favorecer la igualdad de oportunidades en el acceso a la educación o la sanidad y para evitar la transmisión intergeneracional de la pobreza. Un fin que define el medio, porque sin esos “instrumentos no hay igualdad de la que podamos hablar, ya que ésta está lastrada desde el propio origen”. De hecho, defendió el modelo de aquellos países con sistemas de impuestos y prestaciones más sólidos, “que tienen mayor bienestar, mayor igualdad y un crecimiento más sostenido”. Por lo tanto, dijo, “el sector público nunca puede ser enemigo del bienestar y la justicia social”.
Desde sus distintas perspectivas, ambos debatieron también sobre el concepto de desigualdad. Para Rodríguez Braun, ésta “no es injusta per se”. Lo es cuando requiere una reparación política y “cuando se combina con una autoridad que fuerza a los demás a elegir contra su voluntad”; por ejemplo, cuando se obliga a contribuir con impuestos de manera desigual para otorgar a otros el derecho a tener una vivienda sin pagarla. Eso tampoco es igualdad dijo, porque, además, “requiere de la fuerza coercitiva del Estado”.

Desde su experiencia de trabajo e investigación para la elaboración del informe FOESSA, Luis Ayala, por el contrario, sí se refirió a la desigualdad en términos negativos. Porque, como constatan los datos del último informe, afecta a todos los ámbitos relacionales y tiene mucho que ver con la acumulación de riqueza, de viviendas y de poder, que, de alguna manera, hay que corregir.
En medio de esta discrepancia, el punto de encuentro se fijó en la apelación a la responsabilidad individual de cuidar al que más sufre. Y ahí es donde entra en juego la libertad como también la entendía San John Henry Newman: libertad, desde la conciencia, de perseguir la verdad y el bien, de cuidar a los demás y respetar al prójimo. Y de amarlo como a uno mismo. Lo primero es liberalismo, lo segundo la esencia del cristianismo. No hay antagonismo, sino complementariedad: el fin de este encuentro y de este ciclo que busca ofrecer luz frente a la ideología y el pragmatismo de nuestro tiempo.

