Asistí el otro día un acto institucional en el que participaron los líderes empresariales de la comunidad de Madrid. Brillantes, desglosando la situación económica de nuestra región. De ambos discursos me gustaría resaltar su coincidencia en señalar la amistad como vínculo entre dos instituciones que en el pasado estuvieron enfrentadas. La amistad social como camino para reconstruir una convivencia herida por la fragmentación, la sospecha y el individualismo. No se trata de una emoción genérica ni de una simple cortesía pública, sino de una actitud moral y política que reconoce en el otro a un hermano, incluso cuando piensa distinto, procede de otro ámbito o compite en el mercado y en la vida social.
La Doctrina Social de la Iglesia recuerda que la persona no se realiza en aislamiento, sino en relación. Sus cuatro pilares -dignidad, bien común, solidaridad y subsidiariedad- no son principios abstractos, sino criterios para ordenar la vida social. El campo del derecho tutela intereses y bienes materiales; el campo de la amistad, en cambio, es el del desinterés, la donación y la disponibilidad hacia el otro. Ambos son necesarios, pero sin el segundo, el primero se vacía de sentido.
Para quienes tenemos responsabilidad en la vida económica y civil, esta reflexión es especialmente exigente. Juan XXIII recordaba en Mater et Magistra que trabajadores y empresarios deben regular sus relaciones inspirándose en la solidaridad, o mejor aún, en la fraternidad. La empresa debe generar resultados, pero no limitarse a ello: está llamada a crear valor humano, a cuidar el trabajo, a promover el talento y a respetar el rostro concreto de cada persona. El padre Arizmendiarrieta lo llevó a la práctica: su proyecto cooperativo en Mondragón no era solo un modelo empresarial, sino una transformación social que concebía al trabajador como emprendedor y al bien común como horizonte compartido.
La amistad social no es idealismo ingenuo. Es una virtud que hace posible una sociedad más habitable. Donde hay amistad social, hay diálogo auténtico, búsqueda paciente de acuerdos y voluntad de construir puentes entre patronal, sindicatos, instituciones y ciudadanía. Donde falta, crecen la polarización, la desconfianza y la dureza del corazón. Por eso Fratelli Tutti no ofrece solo una llamada espiritual, sino un programa ético para nuestro tiempo: vivir como hermanos para que la sociedad sea verdaderamente humana. La empresa próspera y la sociedad cohesionada no son objetivos alternativos, sino inseparables. La amistad social no es un lujo ético: es la arquitectura invisible que sostiene todo lo demás.
Ojalá el concepto de amistad social se contagie en el campo de otras relaciones, de manera que podamos trabajar verdaderamente en búsqueda del bien común.
Alfonso Carcasona Patrono
Fundación Pablo VI
Colaborador Fundación Arizmendiarreta

