El fallecimiento de Jürgen Habermas, acaecido el pasado 14 de marzo de 2026, supone la despedida de uno de los más grandes filósofos europeos de la posguerra hasta el día de hoy. Para rendir homenaje a su legado, merece la pena recordar una de las piedras angulares de su pensamiento: el diálogo o, más bien, el diálogo elevado a categoría normativa de la democracia.
Esta última especificación se hace necesaria a la hora de recordar las aportaciones del filósofo, que fue capaz de detectar el alcance político del diálogo como uno de los fundamentos de la democracia. Lejos de ser un simple medio para alcanzar el entendimiento, esta práctica comunicativa se configura como el marco fundamental para el debate público y se expresa a través de la acción comunicativa, la ética y la política, hallando su expresión más alta en la democracia deliberativa. La práctica discursiva así concebida supera la mera conversación entre dos interlocutores y permite concebir una vida democrática orientada por el entendimiento y no por la imposición. En este sentido, merece la pena destacar dos rasgos característicos del diálogo habermasiano: su carácter público y su orientación racional.
Para rendir homenaje al legado de Habermas, merece la pena recordar una de las piedras angulares de su pensamiento: el diálogo o, más bien, el diálogo elevado a categoría normativa de la democracia.
En cuanto a su dimensión pública, el diálogo fomentado por Habermas se convierte en un intercambio público entre ciudadanos libres e iguales. La importancia de la dimensión pública se encuentra en la necesidad de preservar la democracia del riesgo de convertirse en pura técnica o pura propaganda. Las dos polarizaciones constituyen dos derivas opuestas e igualmente peligrosas que expresan una patología contemporánea del régimen democrático en la medida en que afectan su núcleo deliberativo. Por eso, se hace necesaria una política orientada al entendimiento en el marco de la esfera pública, con el fin de superar una manera de hacer política reducida al cálculo estratégico, a la manipulación o a la movilización emocional.
Desde esta caracterización pública de la acción comunicativa, se puede derivar también otro aspecto del diálogo, que se aleja de cualquier forma de sentimentalismo inmediato para estructurarse también desde la mediación de la racionalidad. Frente a la difusión de los populismos y del auge de las emociones colectivas del miedo, del odio y en general de una emotividad inmediata (es decir, sin mediación racional), la práctica dialógica habermasiana se presenta como una disciplina y un entrenamiento de la racionalidad. Dicho de otra forma, el diálogo público y racional consiste en un sometimiento de las pretensiones de validez en cuestiones como la verdad o la justicia a un escrupuloso examen deliberativo. Se entiende así en qué sentido es “práctica” y en qué medida va más allá de lo institucional, pasando a formar parte de la configuración de la sociedad civil como elemento esencial de la ciudadanía.
El objetivo de la acción comunicativa de Habermas resulta ser, por lo tanto, la comprensión mutua, cuyo potencial se intensifica y se hace más potente cuando la interlocución se produce entre posiciones distintas. De hecho, la deliberación no suprime el conflicto que es el punto de partida fundamental para ampliar el horizonte de conocimiento como resultado de la fuerza del mayor argumento. Al mismo tiempo, quiere impedir que ese conflicto destruya el mundo común, en virtud de la búsqueda racional de lo que se acaba de mencionar, el mejor argumento como punto de llegada del consenso. En este sentido, merece la pena recordar una ocasión en que la potencialidad del intercambio de razones tuvo como protagonista al propio filósofo, teniendo como interlocutor a otro exponente de una razón a menudo presentada como antagónica a la razón secular que Habermas encarnaba: la razón teológica.
La práctica dialógica habermasiana se presenta como una disciplina y un entrenamiento de la racionalidad.

El encuentro del filósofo alemán con el por entonces Cardenal Joseph Ratzinger en Múnich (enero de 2004) constituye una escena paradigmática de una puesta en práctica potente, real y eficaz de la racionalidad comunicativa de la que hemos estado hablando hasta ahora. El motivo del encuentro, los fundamentos morales y prepolíticos del Estado liberal, representó un marco ejemplar para la argumentación de dos posturas a menudo consideradas incompatibles e incapaces de comunicarse entre sí: la razón secular y la conciencia religiosa.
Más allá del contenido del encuentro, cabe señalar cómo se puso de manifiesto el potencial moral y político de un proceso discursivo eficaz. En la ocasión del encuentro entre Habermas y Ratzinger, se hizo realmente visible una extraordinaria apertura por parte de los interlocutores para integrar racionalmente las aportaciones recíprocas para un enriquecimiento del debate público. Ahí Habermas mostró cómo, pese a su pertenencia a una racionalidad secular, resulta decisivo que esa misma razón no se encierre en sí misma y sea, por el contrario, capaz de convivir con un aspecto fundamental de la religión, es decir, su presencia en la esfera pública como sedimentación histórica. Esta postura le reconocía a la religión un importante papel moral y político en la construcción del marco democrático y, por lo tanto, tiene que ser tenido en cuenta como referencia clave para una democracia sana.
El encuentro del filósofo alemán con el por entonces Cardenal Joseph Ratzinger en Múnich constituye una escena paradigmática de una puesta en práctica potente, real y eficaz de la racionalidad comunicativa.
El diálogo con Ratzinger representa una ocasión excelente para honrar a este gran filósofo, que en sus propios gestos fue capaz de demostrar la coherencia con las ideas que él mismo defendía. Una deliberación madura consiste, ante todo, en la capacidad de escucha, sobre todo ante aquellas posiciones que son más distantes de las nuestras. Solo así se puede llegar a constituir, de forma racional y pública, una muestra auténtica de una argumentación viva, en proceso y nunca clausurada. Una demostración real de que, como por ejemplo en el caso del encuentro entre dos máximos exponentes de dos razones distintas, es posible una coexistencia pacífica y enriquecedora entre la voz secular y la voz religiosa, para que ambas puedan interpelarse, escucharse y aprender una de otra.
La muerte del filósofo alemán coincide con una época en la que parece que toda forma de intercambio racional ya no tiene cabida en la geopolítica internacional. ¿Cómo podemos construir la paz en un mundo cuyo lenguaje se parece cada vez más al lenguaje de la violencia? No está en manos de quien escribe estas líneas ofrecer una respuesta válida, pero sí señalar una exigencia que la aportación de Habermas vuelve hoy como algo especialmente urgente: la fuerza de la democracia se basa inevitablemente en la escucha, en la deliberación pública y en la disposición a buscar la fuerza del mejor argumento, sin eliminar el desacuerdo. ¿Vamos por el mejor camino? Esa es, quizás, una de las preguntas más necesarias que el legado de Jürgen Habermas nos obliga a formular.
Fabio Scalese
Doctor en Filosofía
Facultad de Ciencias Políticas y Sociología
Universidad Pontificia de Salamanca y Fundación Pablo VI
