Hace más de doscientos años Mary Shelley escribió “Frankenstein, o el moderno Prometeo”, gran éxito de la taquilla hollywoodiense, muchos años después. Menos se conoce el libro, cuya adaptación a la gran pantalla no es del todo exacta.
El citado libro que podría haberse escrito en la actualidad, es una perfecta metáfora de lo que está ocurriendo con el desarrollo de la IA.
Víctor Frankenstein -que era el científico- creó un monstruo. Hoy científicos, desarrolladores y tecnólogos llevan unos años creando otro monstruo y los mayores tecno señores invirtiendo billones de dólares en él.
Sin reparar en aspectos éticos fundamentales, como la dignidad humana o el bien común, estamos viviendo el desarrollo de una tecnología llamada a sustituir e incluso dominar al hombre.
Ya sabemos lo que le pasó al monstruo de la novela. Una vez desarrollado, su inventor entra en pánico al darse cuenta de su creación. Pero ya es tarde. El monstruo comienza sus andanzas por el mundo. Al principio de manera inocente, descubriendo las emociones, el sentimiento, la bondad del ser humano, deseando parecerse a ellos. Pero al sentir desprecio -no deja de ser un monstruo con una desagradable apariencia humana- comienza a asesinar a personas del entorno del doctor. Persigue a su creador, y le propone para desaparecer de su vida que le fabrique una monstruo que pueda hacerle feliz. Pero el creador decide no aumentar el mal realizado. El monstruo entonces le amenaza con el mayor dolor que puede provocarle: “Estaré en tu noche de bodas”. Y es en esa noche cuando asesina a su esposa, dejándole totalmente hundido. Víctor Frankenstein muere lejos intentando dar caza a su creación que huye por delante de su inteligencia.
La Doctrina Social de la Iglesia dentro de los seis principios básicos para la empresa, nos invita a desarrollar buenos bienes y servicios. Intentar convertirnos en Dios y crear un ente superior al hombre capaz de dominarle y someterle -es decir, sin dignidad humana-, no es buena idea, y desde luego no contribuye al bien común.
Alfonso Carcasona
