Reproducimos, a continuación, la conferencia impartida por el presidente de la Fundación Pablo VI, Mons. Ginés García Beltrán, obispo de Getafe, para la inauguración del Encuentro Nacional de Empresarios y Directivos Cristianos, celebrado del 7 al 9 de mayo, en el 75 aniversario de ASE, con el título “Excelencia empresarial, Bien común y Solidaridad: claves de la sostenibilidad”. En ella habló de los dos principios de la Doctrina Social de la Iglesia como -la dignidad humana y el bien común-, como los pilares para un mundo en crisis; de la necesidad de humanizar la técnica ante la revolución digital y la inteligencia artificial; de la identidad y vocación del empresario católico; de la necesidad de una nueva cultura empresarial ante los cambios y transformaciones en el mundo del trabajo; y de cómo, en medio de la polarización social y política que vivimos, el empresario ha de ser “artesano de la unidad”.

Queridos empresarios y profesionales, queridos amigos.
Agradezco profundamente la invitación a compartir esta reflexión en este Congreso que os reúne, y en el que celebráis los 75 años de la existencia de vuestra Asociación, al mismo tiempo que os doy la bienvenida a esta Fundación Pablo VI que os acoge con afecto. No es frecuente que un obispo pueda dirigirse a quienes, desde la empresa, tenéis en vuestras manos una parte decisiva del futuro de nuestra sociedad. Y, sin embargo, la Iglesia siempre ha mirado con esperanza a los empresarios. No como meros gestores de capital, sino como constructores de civilización, como agentes de comunión, y como servidores del bien común. En vuestras decisiones se juega, muchas veces, la dignidad de las personas, la cohesión social, la sostenibilidad del planeta y la orientación moral de la economía.
Vivimos tiempos de cambios acelerados; como bien afirmaba el papa Francisco vivimos un cambio de época. La revolución digital, la inteligencia artificial, las migraciones masivas, la reorganización del trabajo, la crisis ecológica, la polarización social y la pérdida de sentido están configurando un mundo nuevo. A ello se suman desafíos que nos afectan como humanos, y por eso, como cristianos: el invierno demográfico, el paro juvenil persistente, la despoblación de amplias zonas rurales, la fragilidad de la cohesión territorial y la desconfianza creciente hacia las instituciones. En este contexto, la Doctrina Social de la Iglesia debe seguir siendo, y no solo para nosotros creyentes, una brújula moral imprescindible. Y vosotros, empresarios católicos, estáis llamados a encarnarla con audacia, creatividad y fidelidad.
Pero antes de entrar en los retos concretos, permitidme comenzar por una cuestión fundamental: ¿qué significa ser empresario católico hoy?

1. La identidad del empresario católico: una vocación unificada
Podemos plantear la pregunta: ¿somos empresarios católicos o católicos empresarios? ¿Dónde debe estar el sustantivo y dónde el adjetivo? No es fácil la respuesta, ni siquiera decisiva si somos capaces de conjugar ambos sustantivos, aunque como ayuda para esta reflexión podemos seguir haciéndonosla.
Desde la perspectiva de una cultura vocacional —pues todos somos llamados a la vida y a la fe, y es desde esa fuente desde la que encarrilamos nuestra existencia en llamadas dentro de la llamada—, la respuesta sería que el sustantivo es “la llamada a una misión”, y el adjetivo es “empresario”.
No porque la empresa sea secundaria, sino porque la fe es la que da unidad a toda la vida. La fe no se añade a la actividad empresarial como un barniz espiritual, sino que la inspira desde dentro, la orienta, la purifica y la eleva. Como enseña Christifideles Laici, el laico está llamado a “ordenar las realidades temporales según Dios”. Esto significa que la empresa, la economía, la innovación, la gestión de personas y recursos, todo ello forma parte del campo donde el cristiano vive su vocación bautismal.
Un empresario católico no es un empresario que, además, va a misa. Es un creyente que vive su fe en la empresa, desde la empresa y a través de la empresa. Es alguien que entiende su responsabilidad económica como una misión recibida de Dios. Es alguien que sabe que su trabajo tiene un valor espiritual, y que su empresa puede ser un lugar de encuentro, de justicia, de creatividad, de dignidad.
Por eso, la pregunta decisiva no es: “¿Cómo ser empresario sin dejar de ser católico?” sino: “¿Cómo ser empresario precisamente porque soy católico, y como católico?”
Esta integración es importante hoy. El mundo necesita empresarios con alma, con visión, con sentido moral. En España y en Europa, donde la secularización avanza y la fe parece relegada al ámbito privado, vosotros sois testigos de que el Evangelio puede iluminar también la economía, la innovación, la gestión y la vida pública. Y la Iglesia necesita empresarios que hagan visible que la fe no es un adorno privado, sino una fuerza transformadora capaz de renovar la economía y la sociedad.

2. La Doctrina Social de la Iglesia: dos pilares para un mundo en crisis
Como conocen bien, la Doctrina Social de la Iglesia no es una teoría económica ni un programa político. Es una sabiduría moral que brota del Evangelio y que ilumina la vida social. Sus dos pilares fundamentales —la dignidad de la persona humana y el bien común— son más actuales que nunca. La Doctrina Social de la Iglesia está llamada a proporcionar claves interpretativas que pongan en diálogo la ciencia y la conciencia, contribuyendo así de manera fundamental al conocimiento, a la esperanza y a la paz.
La dignidad humana es el fundamento. No depende de la productividad, del origen, de la edad o de la capacidad. Es un don de Dios. Por eso, toda estructura económica que reduce a la persona a un recurso, a un dato o a un número es injusta. En un mundo donde la tecnología tiende a despersonalizar, donde la eficiencia se convierte en criterio absoluto, donde el trabajador corre el riesgo de ser sustituido por una máquina o descartado por un algoritmo, la Iglesia proclama con fuerza: la persona es el centro y el fin de toda actividad económica. Como afirma Gaudium et Spes, “el hombre es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (n. 24).
El bien común es el horizonte. No es la suma de bienes individuales, sino el conjunto de condiciones que permiten a todos —especialmente a los más vulnerables— desarrollarse plenamente. El empresario católico no busca solo beneficios legítimos, sino que se pregunta si su empresa contribuye a la justicia, a la cohesión social, a la sostenibilidad, a la dignidad de los trabajadores, a la inclusión de los más frágiles. Caritas in Veritate recuerda que “la economía necesita la ética para funcionar correctamente, no cualquier ética, sino una ética amiga de la persona” (n. 45).
A los pocos de días de su elección para la Sede de Pedro, el papa León XIV, dirigiéndose a La Fundación Centesimus Annus Pro Pontifice, definía la situación actual como de “policrisis”, y añadía: “En estas cuestiones es más importante saber acercarse que dar una respuesta apresurada sobre por qué ha sucedido algo o cómo superarlo”. Pues desde este presupuesto quisiera acercarme a algunos de los grandes desafíos de nuestro tiempo.
3. La revolución digital y la inteligencia artificial afianza la globalización y nos llama a humanizar la técnica
La revolución digital está transformando la vida humana de manera profunda. La inteligencia artificial, la automatización, el big data y la digitalización masiva abren posibilidades inmensas, pero también riesgos profundos. La técnica, cuando se emancipa de la ética, se convierte en un poder sin rostro que puede decidir sin responsabilidad.
La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que la técnica no es neutral. Expresa una visión del ser humano. Y por eso, el empresario católico está llamado a discernir qué tipo de humanidad se está promoviendo. La pregunta no es si la tecnología es buena o mala, sino si está al servicio de la persona o si la persona está al servicio de la tecnología.
En el mismo discurso antes citado el Papa afirmaba: “En el contexto de la revolución digital en curso, es necesario redescubrir, explicitar y cultivar el mandato de educar al sentido crítico, contrarrestando las tentaciones opuestas, que también pueden atravesar el cuerpo eclesial. Hay poco diálogo a nuestro alrededor, y prevalecen las palabras gritadas, no pocas veces las fake news y las tesis irracionales de unos pocos prepotentes. Por lo tanto, son fundamentales la profundización y el estudio, y también el encuentro y la escucha de los pobres, tesoro de la Iglesia y de la humanidad, portadores de puntos de vista descartados, pero indispensables para ver el mundo con los ojos de Dios”.
En el campo de la nueva comunicación, la Iglesia no teme la innovación. Teme, más bien, que la innovación se use sin alma. Laudato Si’ advierte que “la tecnocracia tiende a dominar la economía y la política” (n.109), y que el ser humano corre el riesgo de convertirse en un engranaje más del sistema. La inteligencia artificial puede ayudar a diagnosticar enfermedades, optimizar procesos, reducir riesgos laborales, mejorar la eficiencia energética. Pero también puede generar vigilancia masiva, manipulación de la opinión pública, discriminación algorítmica, pérdida de empleos y concentración de poder.
El empresario católico está llamado a humanizar la técnica. A preguntarse no solo qué puede hacer la tecnología, sino qué debe hacer. A evitar modelos de negocio basados en la explotación de datos personales. A garantizar que la automatización no destruya la dignidad laboral. A promover una cultura digital que fomente la verdad, la libertad y la responsabilidad. A asegurar que la brecha digital no se convierta en una nueva forma de exclusión. La Iglesia os pide ser guardianes de la dignidad humana en la era digital. No para frenar el progreso, sino para orientarlo hacia el bien común.

4. El fenómeno migratorio nos invita a hacer de la fraternidad criterio económico
Las migraciones son uno de los signos más dramáticos y esperanzadores de nuestro tiempo. Millones de personas se desplazan buscando vida, seguridad, dignidad. La Biblia nos recuerda: “Fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). Y también: “No oprimirás al extranjero, porque extranjeros fuisteis en Egipto” (Ex 22,20).
El migrante no es un problema: es un hermano. No es una amenaza: es una oportunidad. No es un número: es un rostro concreto. La Doctrina Social de la Iglesia nos invita a mirar las migraciones desde la fraternidad universal, no desde el miedo o la indiferencia.
En este campo, el empresario católico tiene una responsabilidad inmensa. La empresa puede ser un lugar donde la integración se hace posible. Donde el extranjero deja de ser extraño. Donde se ofrece empleo digno, formación, acompañamiento, oportunidades reales. Donde se evita la explotación de personas vulnerables. Donde se promueve un clima de respeto intercultural.
La migración no es solo un desafío: es una oportunidad para renovar nuestras sociedades, para enriquecerlas cultural y espiritualmente. Y vosotros podéis ser protagonistas de esta renovación.
5. La nueva organización del trabajo: dignificar la vida laboral
El trabajo está cambiando radicalmente. La automatización, el teletrabajo, la economía de plataformas, la flexibilidad extrema… todo ello genera oportunidades, pero también precariedad y deshumanización.
La Iglesia enseña que el trabajo es participación en la obra creadora de Dios. Por eso, no puede reducirse a una mercancía. El trabajador no es un coste: es un colaborador, un sujeto, una persona. Laborem Exercens afirma que “el trabajo es para el hombre, y no el hombre para el trabajo” (n. 6).
Hoy, más que nunca, necesitamos una visión cristiana del trabajo. Una visión que reconozca la dignidad del trabajador, que garantice un salario justo, que promueva la conciliación familiar, que evite la precarización disfrazada de flexibilidad, que acompañe a quienes deben reconvertirse profesionalmente, que fomente la participación y la corresponsabilidad. Solo el trabajo decente es trabajo digno.
La empresa no es solo una organización productiva. Es una comunidad de personas. Y el empresario católico está llamado a construir empresas donde la dignidad sea palpable, no solo enunciada. Donde el trabajador se sienta valorado, escuchado, acompañado. Donde la eficiencia no se logre a costa de la humanidad.
El empresario católico está llamado a construir empresas donde la dignidad sea palpable, no solo enunciada. Donde el trabajador se sienta valorado, escuchado, acompañado. Donde la eficiencia no se logre a costa de la humanidad.

6. La crisis ecológica: cuidar la casa común
Laudato Si’ nos recuerda que la crisis ecológica es una crisis moral. No se trata solo de proteger la naturaleza, sino de proteger la vida humana, especialmente la de los pobres. El deterioro ambiental afecta primero a los más vulnerables. Y la empresa tiene un papel decisivo en la construcción de un modelo sostenible.
La Iglesia pide una conversión ecológica profunda. Pasar de una lógica de explotación a una lógica de cuidado. De un consumo irresponsable a una responsabilidad compartida. De una economía lineal a una economía circular.
El empresario católico está llamado a liderar esta conversión. A reducir emisiones, a promover energías limpias, a evitar proyectos que dañen gravemente el medio ambiente, a educar en responsabilidad ecológica. La sostenibilidad no es un lujo: es una obligación moral. Y también es una oportunidad para innovar, para crear valor, para anticipar el futuro.
7. La polarización social: artesanos de unidad
Vivimos un tiempo marcado por una polarización creciente. Las redes sociales amplifican el conflicto, la política se vuelve agresiva, la verdad se relativiza, y la convivencia se resiente. Fratelli Tutti denuncia esta dinámica que “levanta muros y destruye puentes”. La polarización no es solo un fenómeno político: es una herida espiritual que fragmenta la sociedad y debilita la confianza.
En el discurso inaugural de la última Asamblea Plenaria de nuestra Conferencia Episcopal, afirmaba el presidente acerca del fenómeno de la polarización: “Este tiempo de emociones reduccionistas se contagia también a la convivencia social y política en el fenómeno de la polarización, pues no es solo un choque de ideas, es, fundamentalmente, un fenómeno afectivo. En la psicología social moderna, se habla de «polarización afectiva», donde el rechazo hacia el otro es más fuerte que la adhesión a las propias ideas. La polarización transforma las opiniones en identidades. Ya no «opinas» de una manera, sino que «eres» de una forma. Y, así, perteneces a un grupo que ofrece seguridad emocional para sentir que estás en «el lado correcto de la historia». El miedo es el pegamento más fuerte de la polarización. No se ve al oponente como alguien con quien se discrepa, sino como una amenaza existencial. Se cultiva la sensación de que, si el otro bando gana, el estilo de vida propio o los valores fundamentales desaparecerán”.
En este contexto, el empresario católico puede y debe ser un artesano de unidad. La empresa es uno de los pocos lugares donde personas de ideologías, culturas y sensibilidades distintas trabajan juntas por un objetivo común. Allí se aprende a escuchar, a negociar, a colaborar, a buscar soluciones compartidas. Allí se puede cultivar una cultura del encuentro que contrarreste la lógica del enfrentamiento.

8. Una nueva cultura es posible.
La propuesta de una cultura basada y pilar de la comunión, del encuentro y de la acogida debe presentarse hoy como una verdadera alternativa cultural frente a un tiempo marcado por una propuesta antropológica que confunde y deja sin fundamento a la condición humana, la división entre personas, pueblo y culturas, la guerra, la ausencia de Dios. En este horizonte, resuena con fuerza la intuición de León XIV cuando afirma que es la hora del amor, como un principio capaz de inspirar una nueva manera de comprender la vida social, económica y política. También la empresa y el mundo del trabajo están llamados a participar en esta tarea. En esta línea me resulta especialmente sugerente la novela Las gratitudes, de Delphine de Vigan, que presenta el agradecimiento y la gratuidad como caminos capaces de renovar la cultura desde dentro, mostrando lo que hay en lo más profundo del corazón humano La autora muestra cómo los gestos, aparentemente frágiles, pueden romper el cerco del resentimiento y de la memoria herida que tantas veces nos aprisiona. Reconocer el bien recibido —aunque sea pequeño— abre un espacio nuevo donde la confianza vuelve a ser posible. Esta pedagogía del agradecimiento es, en el fondo, una pedagogía de la comunión: una manera concreta de contribuir a una cultura más humana, más abierta y más fraterna.
9. El valor del asociacionismo: la fuerza de caminar juntos
En este punto quiero expresar un reconocimiento explícito al asociacionismo de empresarios católicos, y en particular al modo de hacer de ASE -Acción Social Empresarial-. Vuestra asociación es un signo de esperanza para la Iglesia y para la sociedad. Porque habéis entendido que la vocación empresarial no se vive en soledad, sino en comunión. Que la fe no se reduce a la vida privada, sino que ilumina la vida profesional. Que la espiritualidad no está reñida con la gestión, sino que la sostiene y la orienta.
ASE es un espacio donde se conjuga la oración con la reflexión, la formación con la experiencia, la amistad con el compromiso. Un lugar donde los empresarios pueden compartir inquietudes, discernir juntos, apoyarse mutuamente, crecer en humanidad y en fe. Un lugar donde se aprende a mirar la empresa con ojos cristianos, a tomar decisiones desde el Evangelio, a vivir la responsabilidad económica como una misión.
La Iglesia necesita asociaciones como la vuestra. Porque sois laboratorios de fraternidad, escuelas de discernimiento, talleres de ética aplicada. Porque mostráis que es posible conjugar la excelencia profesional con la profundidad espiritual. Porque hacéis visible que la fe no resta, sino que suma; no limita, sino que libera; no empobrece, sino que enriquece.
Contemplar a Cristo trabajador, discernir las decisiones, vivir la humildad, cuidar la vida interior y la familia, y practicar la caridad: claves espirituales para sostener la vocación del empresario
10. Una espiritualidad para empresarios
Para terminar, quisiera ofreceros algunas claves espirituales que pueden sostener vuestra vocación.
En primer lugar, contemplar a Cristo trabajador. Jesús pasó la mayor parte de su vida trabajando. Él conoce el esfuerzo, la responsabilidad, la creatividad y el cansancio. Él sabe lo que significa construir, negociar, planificar, colaborar. En Él, el trabajo humano encuentra su dignidad más profunda.
En segundo lugar, discernir las decisiones. No todas las oportunidades son compatibles con el Evangelio. El empresario necesita oración, consejo, prudencia. Necesita dejar que la Palabra de Dios ilumine sus decisiones. Como dice el Salmo: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 119,105).
En tercer lugar, vivir la humildad. El éxito no es solo fruto del talento personal. Es gracia, colaboración, providencia. La humildad libera del orgullo y abre a la gratitud. San Pablo recuerda: “¿Qué tienes que no hayas recibido?” (1 Cor 4,7).
En cuarto lugar, cuidar la vida interior y la familia. Un empresario agotado o vacío no puede construir una empresa sana. La oración, el descanso, la vida familiar son parte de la vocación empresarial.
Y, en quinto lugar, practicar la caridad concreta. La generosidad transforma la empresa y el corazón. La caridad no es un añadido: es el alma de la economía cristiana.
Conclusión: una misión para nuestro tiempo
Queridos empresarios:
La Iglesia os necesita. La sociedad os necesita. El mundo necesita líderes que unan competencia profesional y profundidad espiritual, innovación y ética, eficiencia y compasión.
Los retos actuales —la digitalización, la inteligencia artificial, las migraciones, la reorganización del trabajo, la crisis ecológica, la polarización social— no deben asustarnos. Son oportunidades para renovar la economía desde el Evangelio.
Os invito a ser constructores de una economía humana, donde la persona esté en el centro, donde la tecnología sirva al bien común, donde el trabajo sea digno, donde nadie sea descartado, donde la empresa sea un espacio de fraternidad.
Que el Espíritu Santo os ilumine. Que Cristo Resucitado os acompañe. Que María, Madre de la Iglesia, os proteja.

